El conjunto se encaja entre las faldas de los montes San Cristóbal y Miravalles, y su razón de ser es el puente. En la Edad Media se convirtió en paso obligado para los peregrinos del Camino de Santiago Francés, que no tenían otra forma cómoda de cruzar el Ulzama antes de Pamplona.
La ruta venía de Roncesvalles, bajaba por el valle de Erro y por Esteríbar hasta Huarte y, desde allí, rodeaba el monte Miravalles para cruzar este puente. Hoy el lugar sigue cumpliendo su función: el antiguo hospital funciona como albergue y es punto de encuentro de quienes mantienen viva la peregrinación hacia la Catedral de Santiago, en Santiago de Compostela.
Historia de Trinidad de Arre
Sorprende lo poco que se sabe de su origen. No hay documentos sobre el conjunto anteriores al siglo XVI, no figura en la larga lista de hospitales del testamento de Teobaldo II, donde sí aparece Roncesvalles, y nada indica que lo gestionara ninguna orden religiosa. Lo único anterior es una manda testamentaria de 1422, muy escueta.
Lo que sí está documentado es que lo sostuvieron dos cofradías, una eclesiástica y otra laica, que no se distinguían por la clase social de sus miembros sino por su procedencia. Según un dictamen de 1697, la laica reunía a vecinos de Pamplona, Villava y el valle de Ezcabarte, y la eclesiástica a clérigos y seglares de la Cuenca de Pamplona y de lugares como Oláibar y Odieta. Ambas se fusionaron en 1886, como recoge el primer artículo de las constituciones aprobadas el 2 de diciembre de aquel año.
En 1891 se adosa una vivienda a la fachada sur que tapa casi por completo la portada románica. Desde entonces, para verla hay que pasar a un atrio, y el aspecto del conjunto quedó bastante cambiado respecto al original.
¿Qué ver en Trinidad de Arre?
Puente, basílica y torre forman un conjunto muy singular, de los más fotogénicos de la entrada en Pamplona.
La basílica es un buen ejemplo de románico rural de la primera mitad del siglo XIII: una sola nave, una torre junto a la cabecera y un ábside semicircular reforzado con contrafuertes y abierto con dos ventanas de medio punto abocinadas, es decir, que se ensanchan hacia fuera. Bajo el tejado actual todavía se adivina la cubierta original de losas de piedra, y el alero conserva canecillos lisos, sin decoración, que acentúan su aire sencillo.
La portada se abre con un arco de medio punto de aristas vivas y tres arquivoltas, la central decorada en dientes de sierra, bajo un guardapolvo moldurado. Se nota que ha sido retocada varias veces, pero mantiene el carácter románico.
La torre de los pies es de ladrillo y probablemente sustituyó a otra más antigua de distinto material, uno de los cambios que el conjunto ha ido acumulando con los siglos.


